Hace unos días estuve en la charla que dio el filósofo Byung-Chul Han en Barcelona. Entre otras cosas recordó que “ahora uno se explota a sí mismo y cree que está realizándose”. Cualquier emprendedor sabía muy bien de lo que el tipo estaba hablando. El concepto de la autoexplotación es complejo y forma parte de nuestra “sociedad de rendimiento” de la que Han habla en alguno de sus libros (recomiendo especialmente la lectura de “La sociedad del cansancio”, Editorial Herder).

Y es que, son varios los demonios internos a los que el emprendedor debe enfrentarse, algunos interiores y otros exteriores, que se mezclan y retroalimentan, dando lugar a factores complejos y coyunturales, como el de autoexplotarse hasta quemarse como describe Han. En este caso me quiero centrar en dos factores que observo muy a menudo a mi alrededor: el optimismo y la vanidad, como dos enemigos del emprendedor.

Vanity Fair

“El tuerto es el rey en el país de los ciegos” dice el refrán. Esta frase es aún más cierta entre los emprendedores: el rey es el que sabe atender a lo que importa y se deja de pamplinas. Muchos de los tuertos se pierden en los cantos de sirena de la vanidad, entendida como la necesidad narcisista de proyectar cierta imagen de éxito y status, y que le obliga a competir hasta la extenuación.

Tal y como conté en otro post, el éxito de una startup depende mucho más de estar en el sitio adecuado en el instante adecuado o del equipo, que de tener “una gran, maravillosa y única idea” de la que estemos profundamente enamorados. El enamoramiento, como en cualquier ámbito, es bonito y da ese gustirrinín de tener las endorfinas descontroladas; sin embargo, en el viaje del emprendimiento puede llevar a un final infeliz súbito. Algunos emprendedores son pasionales y enamoradizos, y no sólo se enamoran de su idea, sino que pueden enamorarse de la imagen idealizada de ser emprendedor, muchas veces sin ni siquiera llegar a serlo.

Soy un friki de los carácteres psicológicos y cuando conozco al emprendedor de turno me interesa mucho más su perfil psicológico y su motivación que su modelo de negocio. Y es que si hacemos caso a las estadísticas – el 90% de las startups fracasan – la lógica invitaría a no emprender y a buscarse un trabajo “normal”.  Pero en el imaginario del potencial emprendedor ese ideal de aventura, riesgo y de “salir de su zona de confort” – sin saber muy bien qué significa realmente eso – dispara la adrenalina en sangre para lanzarse a emprender sin pensarlo mucho. De alguna manera, lo que el emprendedor hace es proyectarse hacia un futuro de reconocimiento y éxito, hacia esa imagen siliconvalliana que ha calado en el imaginario colectivo. Incluso para que la imagen se correponda se empieza a vestir como esos nerds californianos con hoodie oscuro, jeans y zapatillas de deporte, comprar una mesa de pingpong para la oficina y un par de puffs mullidos para hacer la siesta, y obviamente acudir a afterworks con otros startuperos “exitosos”.

El emprendedor tiene que quemar las naves y necesita probarse así mismo, a su padre o al mundo, que puede llegar a serlo. Emprender equivale a la imagen del éxito y trabajar de 8 am a 7 pm a cuenta de otro no le aportará gran cosa. Aunque la segunda parte tiene unos cuantos números para ser cierta, no implica la veracidad de la primera. Y es que detrás de su ceguera hay buenas intenciones: cambiar el mundo, mejorar el bienestar económico de su familia o aportar valor al mercado. Y estos valores – los “why” que diría Simon Sinek – están muy bien, pero si éstos se fundamentan en una proyección vanidosa de uno mismo pueden tambalear ante el envite de la realidad mercado que no entiende ni de justicia, ni de valores, ni de deseos.

Siempre positivo, nunca negativo

La positividad es la nueva religión, el opio del pueblo. Ser negativo no es una opción y el pesimismo es una especie de enfermedad contagiosa de la que tenemos que huir. La positividad radical como modus vivendi ha calado fuerte y flota en el imaginario desde hace más de un siglo. En sí, la positividad no es mala, el problema aparece cuando es utilizada como motor incuestionable para avanzar o cuando se autoimpone de manera forzada a pesar de que se tengan bastantes números para fracasar.

La positividad se ha convertido en una droga universal, de la que se chutan tipos tan dispares como Donald Trump o Kim Jong Un. El primero porque considera despreciable al que no tiene ese tipo de “mentalidad ganadora” y el segundo porque el triunfo de la Revolución exige una actitud positiva inquebrantable de que se va a conseguir por muchos impedimentos que aparezcan. Como nos recuerda la periodista Barbara Ehrenreich: “Lo que de verdad tiene el pensamiento positivo de ideología conservadora es su apego al sistema, con todas sus desigualdades y sus abusos de poder.” En el fondo, el emprendedor, adoptando esta actitud, acepta y hace suyas las mismas costumbres de las grandes corporaciones de las que tanto reniega. La positividad es una forma de control, casi perfecta, de la clase trabajadora para que se alinee con los objetivos de la compañía sin rechistar, obligada a mantener una actitud positiva sin fisuras.

De la misma manera que ocurría con la vanidad, hay buenas intenciones detrás de la positividad: estar más esperanzado, sentirse mejor o motivar a los demás. Existe la creencia de que esta positividad es necesaria para el porvenir productivo y económico de la empresa; sin embargo, la positividad de nuevo puede cegar al emprendedor dejándose llevar por un exceso de ingenuidad y fantasía. Vistas las posibilidades de éxito, tal vez sería más recomendable un pensamiento moderadamente negativo y aceptar que el éxito dependerá de factores mucho más complejos que el mero hecho de forzar una actitud positiva. Darse cuenta de la complejidad de los factores que intervienen puede servir para que el emprendedor se saque parte del peso de la responsabilidad que carga sobre sus hombros, y menos aún tenga que mantener una actitud positiva agotadora. Como dice Ehrenreich: “En las colas del paro y las de la beneficencia hay tantas hormigas como cigarras, tantos optimistas habituales como depresivos crónicos.”

Primera foto by Kristopher Roller  on Unsplash